Como es el curso para tripulantes de cabina

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Para hacerme tripulante de cabina en LATAM, participé de un curso de dos meses. Antes del curso, entretanto, tuve que pasar por un proceso de selección. Fueron cinco etapas, entre entrevistas y evaluaciones psicológicas y médicas. En ese camino, mucha gente ya queda atrás. Solamente en la parte de los exámenes médicos, hice testeos de sangre, orín, radiografías del tórax y de la columna, entre otros. El objetivo es evaluar si no existe alguna condición física que nos impida volar.

Superada esa fase, empecé a estudiar en la escuela de LATAM. Las clases son intensivas, de lunes a viernes y a veces los sábados también. En el primer mes el estudio es teórico, con una disciplina a cada dos días, seguida de una prueba. Aprendemos cosas como los distintos tipos de avión, primeros auxilios, el estándar del servicio de bordo y muchos procedimientos de seguridad.

 

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También hay una materia sobre la cultura LATAM. Debemos ser sonrientes y amables con los pasajeros. Hace algún tiempo, un hombre bajo y que usa anteojos, como yo, no podría ser tripulante de cabina. Hoy día, felizmente, esos atributos no pesan. Lo más importante es tener conocimientos. Nuestras tres guías de conducta son seguridad, atención y eficiencia.

En el segundo mes del curso, tenemos clases prácticas. ¡Son las más esperadas! Durante ese módulo, entrenamos como proceder en casos de evacuación en tierra y en el agua. Manipulamos los chalecos salva-vidas y los extintores de incendio, aparte de aprender las particularidades de cada aeronave. Yo tengo entrenamiento para volar en los Airbus 319, 320 y 321. Si quisiera cambiar de ruta, tendría que estudiar para tener la habilitación para otras aeronaves.

 

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La ceremonia en la que nos recibimos es emocionante. Nos entregan el uniforme, frente a nuestras familias. El primer vuelo ocurre una semana después de recibirse. Para mi, fueron siete días de insomnio, ¡tal era la ansiedad que tenía! Sin embargo, ni bien subí al avión – era una ruta entre Santiago y Antofagasta –, me relajé y disfruté cada momento. La tripulación me ayudó mucho y el jefe de cabina me dejó abrir y cerrar las puertas y controlar la temperatura a bordo. Al aterrizar, me dije a mi mismo: soy tripulante de cabina.