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El encanto de Paraty

El encanto de Paraty:

El encanto de Paraty

Tras unos días explorando la Amazonía ecuatoriana, dejé Ecuador con muchísima pena, pero también con la enorme ilusión e incertidumbre que causa pensar en entrar en un país desconocidoLATAM Airlines me llevó desde Guayaquil hasta São Paulo haciendo parada en Santiago de Chile y desde las alturas pude contemplar uno de los atardeceres más bonitos que he visto hasta la fecha. Sudamérica, de nuevo, me dio otra brutal bofetada de naturaleza desde mi butaca del avión al ver cómo se ponía el sol sobre la cordillera de los Andes.

São Paulo fue la enorme urbe que me dio la otoñal bienvenida a Brasil. Aquellos días cambié la humedad de la Amazonía por las noches frescas en Vila Madalena, uno de los barrios más interesantes que he encontrado a este lado del mundo. En esta zona de São Paulo eres capaz de encontrar las tiendas y los restaurantes más de moda de Brasil y rincones de arte urbano como el Beco do Batman, en el que han participado los mejores artistas callejeros a nivel mundial.

Aun así, reconozco que no fui capaz de soportar durante mucho tiempo la presión de la megalópolis de más de 19 millones de personas y huí rápidamente en busca de esa Brasil que llevaba en mi cabeza desde hace años. Tras casi seis horas de bus desde la inmensa estación de São Paulo, llegué a Paraty, la que se considera que es una de las ciudades coloniales más bonitas del país.

A pesar de su reducido tamaño, ya que al fin y al cabo el centro histórico de Paraty se recorre en un par de horas, la vida cultural y el número de atracciones de sus alrededores la convierten en una de las escapadas de fin de semana preferidas por los cariocas.

Un buen día en Paraty suele comenzar visitando alguna de las playas cercanas. La propia ciudad cuenta con mar y la llamada Praia do Pontal, pero en sus proximidades se pueden disfrutar de 55 islas y casi 100 playas, que durante parte del año se pueden tener casi para uno mismo. Praia Vermelho, Saco do Mamanguá o Trinidade son algunas de las más conocidas y se pueden visitar dando un estupendo paseo en una de las preciosas embarcaciones tradicionales, las escunas.

Los alrededores también brindan la opción de refrescarse en cascadas tras un buen paseo en alguna de las rutas de trekking o de quitarse la tontería tras una degustación de cachaça. Porque diría que no existe otro lugar mejor en Brasil para informarse sobre el proceso de fabricación del licor brasileño más famoso que los alambiques de la zona de Paraty. La entrada a Engenho d’Ouro, por ejemplo, es totalmente gratuita y tanto las explicaciones como las degustaciones son ideales para hacerse una idea de la importancia de la cachaça.

Por la tarde, lo mejor es calzarse bien y simplemente dejarse pasear por la propia Paraty. No hay pérdida, en algún momento se da con lugares tan especiales como la Igreja NS do Rosário e São Benedito dos Homens Pretos, una iglesia construida en 1725 por y para los esclavos de la época. Paraty también posee un componente cultural importante y, además de múltiples lugares para hacerse con su artesanía tradicional, hay museos como el Museu de Arte Sacra, situado en la Igreja de Santa Rita dos Pardos Libertos, la iglesia de los mulatos, o la Casa da Cultura, donde exposiciones temporales y permanentes ayudan a comprender un poco más la historia de un país tan complejo como Brasil.

Al caer el sol, los coloridos puestos de dulces caseros salen a las calles de Paraty. Creo que lo mejor es dejarse llevar por la intuición y sentarse a contemplar cómo se animan las calles cuando el calor comienza a cederle el paso a la rica brisa marina que acompaña al atardecer.

Esta es mi parte preferida del día. Con la puesta del sol, las calles de Paraty se van iluminando gradualmente, los comercios dan la bienvenida a unos visitantes ya dispuestos a bajar el ritmo y a dejarse sorprender por los encantadores rincones de este pedacito al sur de Brasil. También comienza a aparecer el olor a marisco de los restaurantes tradicionales que sirven inmensos platos para compartir.

Las terrazas se llenan de gente y es habitual encontrarse con algún concierto al aire libre. Las noches de Paraty tienen el sabor del Jorge Amado, un rico cóctel que tiene como base un licor de cachaça, el olor del mar y la melodía de labossa nova que acaricia sus calles.

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