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Los secretos y las tradiciones de los ceramistas de la Isla de Marajó, en Belém, Brasil

Victor Gouvêa

Marcus Steinmeyer / Ilustraciones: Claudia Furnari

La alfarera argentina Miriam Brügmann salió de Córdoba para conocer a Carlos Amaral, en la Ilha do Marajó, en el Norte de Brasil, cuna de una cultura milenaria en torno a la cerámica. Esta experiencia es parte de los  encuentros que Vamos/LATAM promueve para conectar el continente

 

La alfarera argentina Miriam Brügmann se inspira en la estética japonesa kawaii y en el director japonés de animación Hayao Miyazaki, hace ventas en e-commerce y tiene viajes programados al Perú y al Medio Oriente. Nacida en Córdoba, Miriam es ciudadana del mundo. En la otra punta de Sudamérica, más exactamente en la Ilha do Marajó, en el Estado de Pará situado en el norte de la Amazonía brasileña, el artesano Carlos Amaral la espera. Descendiente de indígenas aruã, él es uno de los pocos que aún mantiene intacta la tradición de la cerámica marajoara, que aprendió con su madre. Una técnica que nos remonta al pasado precolombino de los objetos de arcilla, fabricados allí desde el año 500 a.C.

 

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Encuentro Latino

Al desembarcar de la balsa que zarpa de Belém rumbo a Marajó por el Río Pará, Miriam prueba açaí (un fruto local). Abre los ojos, sorprendida por el gusto. La selva le da la bienvenida con sus sabores, colores, sonidos y su calor. “Mi concepción de la naturaleza es que todos somos parte de ella, y que los animales son los maestros”, dice, mostrando fotos de piezas con figuras zoomórficas. Una de las que aparecen con más frecuencia en su producción es el jaguar, que, para la artista, representa el poder.

 

Carlos la recibe en Casa da Cerâmica, su taller con tienda en el centro de la localidad de Soure. Aparece con amuletos de protección y la saluda golpeándose el puño cerrado contra el pecho y curvando la cabeza. Ella está lista para absorber la sabiduría de su herencia. Los instrumentos de trabajo están sobre la mesa: rocas cuyo polvo permite colorear; colmillos de jabalí para pulir; una cola de raya para hacer dibujos. Todo tal cual lo hacían los antepasados. La única excepción es el torno, que antes no se usaba.

 

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De las manos de Amaral brota una vasija a la cual llaman igaçaba, en tupi-guaraní, idioma nativo de Brasil. “Nunca vi una arcilla tan elástica como ésta”, se sorprende la argentina. ¿De dónde viene la que ella usa? De tiendas de arte, claro. Carlos se ríe: “Pertenecemos al mismo Universo, pero somos de planetas diferentes”. Y revela que uno de los secretos de su material es sacarlo del manglar con la luna en cuarto menguante, para que no se resquebraje después de trabajarlo. La arcilla será pisoteada por Benê, su amigo y maestro de homogenización y regada con un preparado del tronco de cumaté, un árbol de la región. Eso garantiza que, cuando vayan a cocción, las piezas no se resquebrajen. “Yo solo consigo eso en hornos con temperatura controlada”, dice Brügmann.

 

Al verlo esparcir el pigmento ocre, con los dedos, ella pregunta si eso no le hiere las manos. “Tengo una piel bruta, parece de búfalo”, dice juguetón, refiriéndose a los animales que se ven en la isla. Al proceso de pulido él le llama “provocación”, y ella lo practica bajo su supervisión para confeccionar una pieza trabajada por ambos.

 

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Conexión animal

Seco, liso y pulido, la vasija de Carlos está lista para ser decorada. “Mi madre se iba hacia el fondo del jardín y se aislaba para producir los grabados, como si obtuviera un permiso para liberar sus dibujos”, recuerda Carlos. Él cuenta que en las piezas más antiguas había laberintos, mapas locales y animales, cada una con un significado distinto. Entre los 120 símbolos conocidos, el ave jacutinga representa agilidad, los ojos expresan cuidado y la pantera es poder, tal como lo cree ella.

 

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Miriam saca de su bolso algunos de sus trabajos: “Tengo que mostrarte lo que hago porque está en total conexión con el significado de sus animales”. Le entrega de regalo una pieza en forma de gato y algunos platos pintados a mano, flechándole el corazón a Carlos. Como retribución, él toma sus utensilios para el oficio y se los da a la joven. “Para que te acuerdes de lo primitivo. Por más distante y alejado que uno esté, los animales nos conectan”, dice. Ella empieza a delinear una de sus creaciones sobre la pieza que el brasileño produjo. Le da vuelta al pote y lo firma. Después se lo entrega para que él le ponga su marca. Carlos decide mostrarle el lugar de donde retira la arcilla y Miriam se entusiasma. “¡Voy a ver la materia prima en su estado natural!”

 

Al llegar al borde de una área de manglar, él le avisa que es posible que se ensucien. Sin pestañear, ella se quita las sandalias y se hunde en el barro hasta las rodillas. Cavando un agujero de más o menos 60 centímetros ya se puede encontrar el material. En seguida, él la lleva hacia la selva, señalándole el inmenso árbol de cumaté, al cual su fiel escudero Benê trepa con la agilidad de un niño. El paseo termina con una zambullida en el Río Paracauari, mientras Carlos le cuenta leyendas y otras historias.

 

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Inspirada por ese primer giro, Miriam admira otras bellezas de la región y decide pintar un mural para dejarlo en la ciudad. Bajo miradas curiosas, le pone color a una pared en la cual brotan las figuras de un jaguar y de una mujer. Antes de partir, pasa por la casa de Carlos para dejarle una carta, de la cual no sabremos el contenido. Junto con el sobre va sellada una nueva amistad, sólida como una pieza de cerámica de Marajó.

 

Ilha do Marajó

Cómo llegar

Para ir a Soure, en la Ilha do Marajó, hay que ir a la Terminal Hidroviária de Belém, en la capital de Pará, y tomar una de las lanchas rápidas, que hacen el tramo en dos horas.

 

Dónde alojarse

Hay pocas opciones de hospedaje en Soure. Los hoteles más recomendados son el Casarão Amazônia, en una casa azul histórica recuperada, y la Pousada O Canto do Francês, un poco más sencilla, pero con buena estructura.

 

 

LATAM tiene vuelos directos a Belém desde: São Paulo, Río de Janeiro, Miami y otros 4 destinos.