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Una conversación con el creador del Hult Prize, Ahmad Ashkar

Victor Gouvêa

Bruno Marçal, Karla Wadgymar

Ahmad Ashkar, creador del Hult Prize, recorre el mundo buscando ideas de transformación social

 

El año 2008 todo cambió para Ahmad Ashkar. Cuando la crisis del mercado financiero golpeó fuerte a la economía estadounidense, el entonces inversionista de Wall Street sintió que se le movía el piso. Sentado en su oficina, este hijo de inmigrantes palestinos acostumbrado a cifras multimillonarias, fruto de su éxito profesional, entendió que necesitaba buscar un nuevo objetivo. “El futuro de los negocios y de las sociedades está en el impacto social”, afirma, animado y seguro de cada palabra que dice.

 

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Estas inquietudes llevaron a Ashkar a la creación del Hult Prize, premio que cuenta con el apoyo de líderes mundiales como el ex-presidente de los Estados Unidos Bill Clinton y que fue elegido por la revista Time como una de las cinco iniciativas de mayor impacto positivo en el planeta. Todos los años, la fundación de Hult International Business School destina un millón de dólares al mejor proyecto elaborado por estudiantes, y solo el año pasado se inscribieron más de 150 mil postulantes.

 

“Cuando comencé, pensaba que podíamos cambiar el mundo con negocios sustentables que ayudaran a los más necesitados. Con el tiempo entendí que eso era un poco más difícil de lo que pensaba”, recuerda. Al visitar un poblado en India, un hombre le contó que su bisabuelo había podido ir a la escuela y que, por eso, su hija iba a ingresar a la universidad. “Que sean necesarias cinco generaciones para romper el ciclo de la pobreza es una locura”, comenta Ashkar. Entonces corrigió la trayectoria de su iniciativa: el nuevo objetivo sería generar ingresos para que la movilidad social sea más rápida.

 

Así es como potenció a la startup Aspire, ganadora del Hult Prize en 2013, que ya alcanzó su primer billón de dólares en valor de mercado con la incorporación de insectos como fuente alternativa de proteína en zonas con deficiencia nutricional. También ha generado empleos: “Nos alejamos de la caridad y vamos hacia el espíritu empresarial más puro”, dice Ashkar. “La nueva generación está buscando la oportunidad de usar el conocimiento para hacer el bien, pero quiere trabajar medio día y ganar dinero con eso”, evalúa.

 

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Él ve un gran potencial en Latinoamérica y pasa la mitad del año en la región, ya que cree en la creatividad latina y en el sentido empresarial que “tienen en la sangre”. “Es como plantar una semilla en un lugar que ya tiene agua, sol adecuado y una tierra rica”, dice. “Estoy movilizando un ejército de jóvenes para que se empoderen, ganen dinero y hagan del mundo un lugar mejor”. Y completa: “Aprendí a nunca subestimar el poder de un grupo de jóvenes comprometido a cambiar el mundo”.

 

“Aprendí a nunca subestimar el poder de un grupo de jóvenes comprometido a cambiar el mundo”