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La belleza glacial de Aysén, en la Patagonia chilena

Andrea Pérez

Sebastián Utreras

Visitar la Patagonia en invierno es tan frío como gratificante. Acá, un relato sobre cómo es recorrer sus paisajes sin más turistas a la redonda

 

KM cero em Coyhaique

Hay que tenerlo claro: ningún pasaje dirá como destino final “Patagonia”. Es un concepto histórico, cultural, y geográfico repartido entre el sur de Chile y Argentina, un imaginario en el que ambos países comparten más entre ellos que con sus respectivas capitales. 

 

La Región de Aysén tiene tantas razones para visitarla como territorio protegido: más de cinco millones de hectáreas conforman cinco parques nacionales, dos monumentos naturales y 121 reservas nacionales. Esos números se traducen en un paisaje absorbente donde el turista nunca manda. Tras aterrizar en Balmaceda, un viaje de 55 km hasta Coyhaique -la capital regional de Aysén- marca el ritmo de cómo es una visita en pleno invierno: sin itinerario. Programada y calculada al detalle, pero entendiendo que lo más probable es que la naturaleza decida por uno.

 

Aunque se pueden arrendar vehículos, lo más recomendable es contratar los servicios de una agencia de turismo que incluya el transporte. La Carretera Austral alterna el ripio consolidado con caminos de tierra suelta, y manejar en cualquiera de los dos escenarios es un talento especial cuando los cubren el hielo y la nieve. Y seremos directos: en invierno, sólo camionetas altas y con tracción 4x4 aguantan sin problemas los largos trayectos.

 

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Ya en Coyhaique, conviene ir directo al centro y almorzar en el restaurante Mamma Gaucha, que atiende en horario continuado y se llena rápido. Como su nombre lo indica, se enorgullece de su oferta ítalo-patagona, y los “ravioli de la estancia”, rellenos de cordero, setas y cebolla caramelizada, en salsa de vino tinto y nuez, son la diplomacia hecha comida. En un solo plato conviven la carne típica de la región, pasta que parece hecha por alguna nonna y una salsa que devuelve el calor al cuerpo.

 

Antes de partir a Puerto Ibáñez para tomar una barcaza hasta Chile Chico (nadie dijo que éste sería un viaje de descanso), conviene abastecerse en Coyhaique de todo lo que se crea necesario para el resto de los días. Desde ahí, las matemáticas son simples: dos horas por tierra hasta Puerto Ibáñez y otras dos horas para cruzar el Lago General Carrera. La embarcación tiene horarios fijos, pero conviene confirmarlos en barcazas.cl y comprar los pasajes en línea. La cabina está calefaccionada y tiene asientos y mesas con enchufes, pero vale la pena cambiar esa comodidad por el frío de la cubierta para mirar, aunque sea por unos minutos, el cielo. No cabe ni una sola estrella más.

 

Mamma Gaucha: Horn 47, Coyhaique

 

El secreto de Chile Chico

La recomendación de abastecerse en Coyhaique iba en serio. En invierno, pasadas las 10 de la noche, la oferta gastronómica es limitada en Chile Chico, pero hay apart hotels con cocinas completamente equipadas.

 

Definir esta ciudad como base no es casual: por estar en la frontera con Argentina, lejos del mar, tiene un clima más seco y cálido que su entorno, ideal para el invierno. No en vano, los ayseninos le dicen “la ciudad del sol”.

 

Su mayor atractivo es la Reserva Nacional Jeinimeni. A sólo 65 km de la urbanización, ofrece atractivos para todos los gustos y estados físicos. Se entra en auto y tras una caminata de 20 minutos entre lengas (árboles nativos) se llega a la laguna homónima, sin siquiera agitar la respiración. Ahí, basta con apreciar la tranquilidad del agua y escuchar atento: no se oye nada. Ni siquiera corre viento, así que el silencio manda.

 

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Los amantes del trekking pueden volver al km 25 del camino, donde un cartel anuncia la Piedra Clavada y la Cueva de las Manos. Ahí, en una caminata montaña adentro, la fauna esquiva ya no se esconde: en la nieve se ven las huellas de los guanacos que ya pastan tranquilos en las cimas, y es fácil ver cóndores sobrevolando paredones de roca y descansando entre ellos. Entre más se avanza, más evidente se hace el invierno, así que conviene sumar al atuendo polainas y guantes. Aunque se entra en calor rápidamente con la caminata, con cada pausa se recuerda que se está en la Patagonia.

 

Tras caminar por una hora se llega a la Piedra Clavada, erosionada por el viento y capaz de poner nervioso a cualquiera que se pare cerca: su marcada inclinación y sus 40 metros de altura dan ganas de sacarse una foto y alejarse rápido. Para qué tentar a la mala suerte.

 

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Una hora después, si aún queda energía, se llega a la versión escondida de un atractivo turístico clásico de la región: la Cueva de las Manos. La más visitada está en el Cerro Castillo, cerca de Balmaceda, pero la de Jeinimeni es más grande: suma 170 manos pintadas en rojo, amarillo y negro y las más antiguas son de hace 8.000 años.

 

Para cerrar el día, de regreso en la ciudad, el Emporio Güenta tiene empanadas de queso y  kale hechas por su dueña, Andrea Berrocal, además de variados snacks veganos y vegetarianos.

 

Emporio Güenta: Bernardo O’Higgins 333, Chile Chico

 

Vueltas y más Vueltas

Lo de contratar a un guía que maneje una camioneta 4x4 también iba en serio. Para llegar a la postal de Aysén, las capillas de mármol, hay que bordear el Lago General Carrera hasta Puerto Río Tranquilo, lo que se traduce en 165 km y cuatro horas de viaje. Y aunque suena cansador, los colores y la variedad de los paisajes le quitan lo cursi y le agregan lo cierto al cliché de que lo importante en la vida no es el destino, sino el trayecto.

 

A lo largo del paseo, el lago cambia de verde a azul a gris, y todas las mezclas posibles entre sí. Siendo el segundo lago más grande de Sudamérica (después del Titicaca), al General Carrera lo abastecen varios afluentes que acarrean distintos minerales y residuos, y eso provoca los cambios de colores e intensidades de la corriente.

 

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Un ejemplo perfecto es la confluencia de los ríos Baker y Nef, a 12 km al sur de Puerto Bertrand por la Carretera Austral. El primero es el más caudaloso de Chile y el segundo viene furioso desde deshielos glaciares. Al romper contra unas rocas provoca un salto de agua inmenso y, gracias al sol que alumbra pero no calienta, se forma un arcoíris permanente. Con lo que cuesta llegar ahí sin resbalarse por el camino cubierto de hielo, vale la pena sentarse a mirar la escena. Y escuchar la rabia del Nef.

 

El resto del camino ofrece aún más colores: roqueríos de un grafito intenso, montañas nevadas, explanadas amarillas por los coirones (el pasto típico de la estepa), bosques y los kilómetros de rosa mosqueta, con un fruto que varía de rosa pálido a rojo intenso. Aysén es mucho más que verdes y azules.

 

La juventud del mármol

Aunque el objetivo es Puerto Río Tranquilo, se puede alojar en pueblos cercanos como Puerto Bertrand y Puerto Guadal. Lo único no recomendable es improvisar: en temporada baja, hay que llamar y confirmar que el lugar está abierto.

 

Pero el guía Lenin Soto y su equipo no fallan. Ofrece paseos en lancha todo el año a las famosas capillas de mármol, formaciones rocosas que parecen cavernas y, con un poco más de imaginación, capillas. El roce del agua erosionó las rocas y generó 300 metros de grutas, y el broche de oro al recorrido es la ya tradicional catedral de mármol.

 

Lenin explica que él la bautizó así cuando un turista le preguntó cómo se llamaba y él no supo qué contestarle: la formación no tenía nombre. Se entusiasmó, vio que era más grande que las capillas y, gracias a su creatividad, seis parejas han contraído matrimonio en esta simbólica catedral.

 

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Hacer este paseo en invierno tiene la ventaja obvia de hacerlo solo, sin las otras cinco lanchas y el par de kayaks que rondarían en temporada alta. Pero lo menos sabido es que se pueden sumar al recorrido las capillas de Puerto Sánchez, casi imposibles de visitar en verano. En esos meses “el mar está chalako”, como explica Rodolfo, el guía del paseo: la marea sube y el viento levanta olas de hasta cuatro metros, lo que hace imposible llegar al sector. En Puerto Río Tranquilo no se corren esos riesgos: cuando hay vientos de más de 15 nudos, el alcalde de mar prohíbe los zarpes.

 

A 20 km al norte, siempre en el Lago General Carrera, está Puerto Sánchez. Ahí las capillas no se rodean; se penetran. Y el mármol no es como se espera: es áspero, grisáceo y con incipientes vetas negras de manganeso. Así luce el mármol “joven”, de entre 350 y 400 millones de años.

 

Coyhaique íntimo

De vuelta en Chile Chico, hay que tomar la barcaza hacia Puerto Ibáñez a las 8:00 h. El plan es volver a Coyhaique y almorzar temprano en el único restaurant vegetariano de la ciudad, el Basilic.

 

La hamburguesa de tempe y la fondue de queso son los platos más populares en invierno, y todas las comidas terminan con un mate de cortesía –ideal para calentar el cuerpo antes de una caminata por la Reserva Nacional Río Simpson. A sólo una hora de la ciudad, sus bosques tupidos de coigües y lengas son un universo paralelo a la estepa semiárida de Chile Chico.

 

En invierno se pueden ver zorros y pudúes que se asustan con los miles de turistas que visitan el lugar en el verano, y si se tiene mala vista o mala suerte, es imposible perderse el coigüe de 200 años al final de una caminata de una hora. Es el único ejemplar que sobrevivió a un incendio que duró ocho años hace ya seis décadas.

 

Basilic Bistrot: General Parra 220, Coyhaique

 

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Como si la naturaleza no bastara, agosto es el mes perfecto para conocer una versión más íntima de Aysén. Entre el 27 de este mes y el 2 de septiembre se realizará el Festival de Cine de la Patagonia (FECIPA), que exhibe filmes en competencia y desarrolla talleres gratuitos.

 

El año pasado el evento convocó a más de cinco mil personas, y este año el slogan del festival es “Las buenas historias no se detienen”. Una visita a Aysén en invierno lo comprueba: la Patagonia está disponible para descubrirla todo el año, en la intimidad de sus películas y en la inmensidad de sus paisajes.

 

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