La Paz en las alturas:

descubriendo el alma latina de Bolivia

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Arriba en los cielos, La Paz vive su mejor momento

 

 

La Paz es una ciudad que te deja sin aliento. Y no solo porque se encuentra casi a cuatro mil metros de altura: si bien el cuerpo se aclimata rápido, todo parece demasiado grande como para abarcarlo. Pero Bolivia acoge bien a los visitantes, de la misma manera que acoge a las 36 etnias indígenas que cohabitan dentro de sus fronteras. 

 

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Por las calles sinuosas ya no solo hay mochileros que buscan conectarse con la Pachamama o que buscan, curiosos, los hechizos del Mercado de las Brujas. Hay varias divinidades en las nubes de este Olimpo latino: están las folclóricas, y también los espíritus palpables compartidos por todo un continente. Se nota la fuerza del trabajo, el encuentro de lo indígena con lo colonial, una riquísima naturaleza y la esperanza en el futuro. Parece muy oportuno que se encuentre clavada en el corazón de Sudamérica, entre los Andes y la Amazonía. Al fin y al cabo, es una ciudad con alma latinoamericana.

Mercado de las Brujas: Melchor Jimenez, s/nº

 

Comer para entender

En Bolivia abundan los ingredientes. Muchos de ellos pueden encontrarse en el Mercado Rodríguez, que es una feria libre. Se extiende, interminable, por cuadras y cuadras donde venden quínoa, ajíes molidos al momento y, cómo no, comida de calle –cerca del 90% de los 800 mil paceños comen en la calle. 

La costumbre se toma tan en serio que los menús cambian constantemente. Al alba, picantes sopas ayudan a despertar; más tarde, pero a media mañana, hay que probar las salteñas, un tipo de empanada suculenta; al caer la noche, los parrilleros iluminan las calles, y los anticuchos de corazón de vacuno cierran el banquete.

Mercado Rodríguez: Zona 1, Zoilo Flores

 

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Gustu: Avenida Costanera, 10

Para conocer más de cerca estos sabores y sus preparaciones, el equipo del restaurante Gustu organizó un tour por la gastronomía informal llamado Suma Phayata (“bien cocido” en aimara, una de las lenguas nativas del país). Fundado por el empresario Claus Meyer, del premiado Noma, en Dinamarca, en el Gustu funciona un laboratorio que recorre el país para investigar y difundir las técnicas de preparación e ingredientes nacionales. Ahí se usan únicamente ingredientes adquiridos de pequeños productores, incluso en el bar, donde brilla un destilado de uva local llamado singani.

 

Antes de abrir sus puertas al público, el local era una escuela que capacitaba a jóvenes en situación vulnerable. Mauricio Zárate fue uno de ellos, y ahora es el sous-chef del restaurante. “Aquí aprendemos algo más importante que la gastronomía: el valor de la gente del país”, comenta. Otros ex alumnos del curso dieron origen al restaurante Popular, en el centro de la ciudad, que se dedica a la comida casera como el charquekan (plato andino con carne deshilachada).

 

La concentración de bares, eso sí, queda más hacia el sur, en el barrio Sopocachi. Si la noche te lleva hasta allá, no pases de largo frente a la discreta fachada del bar La Costilla de Adán. En el interior la decoración no es tan minimalista, y cuenta con un salón repleto de antigüedades. Si pides el popular chuflay (mezcla de singani y ginger ale) presta atención a las leyendas que rodean el nombre del trago, que en inglés evoca el verbo “to fly” (volar). ¡No digas que no te advertimos!

La Costilla de Adán: Prolongación Armaza, 2974

 

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Restaurante Popular: Murillo, 826

El Altiplano, el Amazonas y los alrededores de La Paz

“Ciudad del cielo” es un apodo que le cae muy bien a La Paz, y por más de una razón.  La antigua civilización Tiahuanaco miraba siempre hacia arriba al construir sus templos de la Luna y del Sol antes de que fueran dominados por los incas. Ruinas de estos templos y de una antigua ciudad aún están en pie a 70 km al oeste del centro, contando la historia de un pueblo que trabajó la piedra y el metal de formas sofisticadas y aún misteriosas.

 

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Visitantes más aventureros van hacia el este. Existen, por ejemplo, tours en bicicleta que parten en La Cumbre, —uno de los picos más altos de la zona— y bajan por la Carretera de la Muerte hasta la ciudad de Coroico. Son más de 60 km que van desde los cinco mil metros de altura hasta los 1.200. 

Poco a poco, fríos  lagos altiplánicos dan lugar a enormes helechos amazónicos. Pero no te dejes llevar por la exuberancia del paisaje: se deben evaluar bien los riesgos. Por eso, es mejor recurrir a agencias conocidas para realizar el paseo con seguridad.

Al sur de la ciudad se encuentra el Valle de la Luna, donde la erosión creó grandes elevaciones de arcilla y granito. La visita puede continuar por senderos de hasta 45 minutos. En medio de las formaciones de repente se escucha el sonido típico de la flauta zampoña. Eso nos recuerda que aunque parezca otro mundo, estamos en Bolivia.

 

Teleférico El Alto: mirando desde arriba

Para llegar a El Alto se toma el teleférico. Por muchos años fue el distrito más alto de La Paz, pero hace tres décadas se independizó y creció a un ritmo acelerado hasta alcanzar el título de una de las más grandes ciudades de Bolivia, impulsada por una emergente burguesía aimara. Su nueva elite mira la ciudad desde lo alto de las construcciones kitsch con vidrios espejados y colores fuertes que son lo primero que se ve desde las cabinas del teleférico. Son los “cholets”, que cuentan con varios pisos de tiendas, salones de fiestas, galpones y hasta canchas de fútbol.

 

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En sus pisos superiores viven los dueños, en casas que imitan el estilo de casitas francesas; de allí surgió el nombre que une las palabras “chola” y “chalet”. Muchos de ellos son obra del arquitecto Freddy Mamani, que se inspiró en los diseños del complejo arqueológico de Tiahuanaco para crear la autoproclamada “arquitectura neoandina”. Los interiores tienen aún más colores y estilo futurista que las fachadas.

Todo en El Alto parece estar lleno de sorpresas. En el primer encuentro con Reyna Torrez, se presenta como una tímida cholita. Diez minutos más tarde, se sube al ring de box y agarra a su oponente por las trenzas,  realizando piruetas y saltos mortales. Pero calma, todo es un espectáculo bien ensayado: tres veces por semana, actuaciones similares de mujeres inspiradas en la lucha libre mexicana tienen lugar en un gimnasio deportivo.

 

“Actualmente las cholitas son vistas con menos prejuicios”, analiza Reyna. “Las batallas que rendimos en el ring tienen mucho que ver con la fuerza de la mujer en nuestra sociedad”. De hecho, las cholitas representan una metáfora en Bolivia: antes la palabra era usada de forma peyorativa para llamar a las amerindias. Actualmente se consideran un pilar de la nación, supieron conquistar su espacio en distintas esferas y siempre han estado orgullosas de sus tradiciones. En La Paz, la mayoría de ellas habla aimara, un idioma que no tiene una palabra específica para agradecer, aunque la reciprocidad tiene gran importancia en su filosofía. Mientras tanto, el sol se esconde atrás de los picos nevados y es difícil no repetir en nuestra cabeza un sincero ¡gracias, La Paz!

 

Luchadores Independientes de Enorme Riesgo: Coliseo 12 de Octubre, El Alto

Cholitas Wrestling: Calle 4 y M. Sempertegui

 

 

 

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LATAM tiene vuelos directos a La Paz desde Lima, Santiago y Cusco.

Agradecimiento: Ministerio de Culturas y Turismo del Estado Plurinacional de Bolivia.