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Un viaje a la Amazonía brasileña

Laura Capriglione

Anna Carolina Negri

Los escenarios mágicos e inexplorados a orillas del Río Negro

 

Es difícil entender; pareciera que uno está soñando. Imagínate un barco de madera “sobrevolando” las copas de árboles gigantescos. Y, al mirar hacia abajo, en vez del suelo o del río, aparece el cielo amazónico. De ese sueño se trata este artículo: un sueño en el Río Negro, el río espejado, tranquilo e imponente con miles de millones de litros de agua oscura, que se llena durante el invierno amazónico –entre diciembre y mayo, la estación lluviosa– elevando el nivel de sus aguas más de 15 metros. Parte de la selva queda sumergida y, en algunos lugares, lo máximo que se ve son las copas de árboles como el Lupuna (ceiba pentandra) reflejándose en el espejo fiel del lecho del río.

 

Es de una belleza que conmueve, porque estamos en un lugar casi secreto, a pesar de su inmensidad. Un viaje de aventura, ya que la rutina es desafiada por tanta naturaleza hirviente de vida –el caimán está al lado, las pirañas nadan en el mismo río cálido en el que uno se baña, las guacamayas cruzan los cielos, los monos se equilibran por las ramas (muchas hembras llevan a sus bebés en la espalda) y míticos delfines color rosa acompañan al barco.

 

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Promover esa experiencia en la naturaleza salvaje y desconocida es la misión del itinerario de cinco días organizado por Katerre, una empresa especializada  en expediciones fluviales por la Amazonía brasileña. El recorrido empieza en Novo Airão, municipio ubicado a 195 km de la capital del estado de Amazonas, Manaos, por carretera.

 

A partir de ese punto, río arriba, en el Parque Nacional do Jaú, es como si la naturaleza se revelara en un espectáculo privado –en los días de nuestra expedición no nos cruzamos con ningún otro grupo. La única persona con la que tenemos contacto es Samuel Basílio, de 51 años, nuestro guía y un auténtico heredero de la sabiduría indígena. Hijo de madre nhengatu y de padre baré (ambas tribus amazónicas), es un especialista en los secretos de la selva. El itinerario se hace a bordo del Jacaré-Açu, una embarcación cómoda, de 64 pies, con tres pisos con cabinas amplias y climatizadas y un servicio a bordo muy atento.

 

El Río Negro tiene muchos escenarios a lo largo de sus 1.700 km, que recorren Venezuela, Colombia y Brasil. Honrando su nombre, es el caudal de agua negra más extenso del mundo, y el segundo en mayor volumen de agua –apenas atrás del Río Amazonas, con el que se mezcla después de juntarse al Río Solimões, en Manaos. Están allí los dos archipiélagos fluviales más grandes del mundo, Mariuá y Anavilhanas. Son centenares de islas, separadas por canales misteriosos que la exuberancia vegetal transforma en catedrales verdes y en las que la luz penetra después de filtrarse en reflejos color esmeralda. Por su tamaño, nuestro barco no logra navegar por esos tramos. Para recorrerlos se usan lanchas más chicas, capaces de serpentear en los recovecos que sirven de escondites a caimanes, nutrias gigantes, monos, perezosos y un sinnúmero de aves.

 

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Samuel nos guía durante una caminata por una parte virgen de la selva. El trayecto es la misma ruta realizada en otros tiempos por el conquistador español Francisco de Orellana, el primer blanco en la selva del que se tiene registro, en 1541.

 

Gran narrador de la sabiduría indígena, Samuel muestra cómo sus hermanos, hombres que andaban desnudos, descalzos y sin la protección de nuestros repelentes químicos, sin armas, sin sustos, viven en la selva desde hace siglos. Un lugar al que los blancos se han referido como “infierno verde”, por sus infinitas trampas.

 

Al ver un gran oso hormiguero aferrado a un árbol, Samuel explica que los cazadores indígenas tenían que camuflar el olor de su cuerpo para que sus presas no los descubrieran. Para eso, tapaban con hojas sus  oídos y fosas nasales y abrazaban un hormiguero, de modo que sus cuerpos fueran cubiertos por hormigas. “La fragancia cítrica emanada por esos insectos ‘cubre’ el olor humano y confunde el olfato de los otros animales”, dice.

 

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Para mi sorpresa, me entero de que mi rol de reportero también incluye ser conejillo de indias de laboratorio para comprobar esa sabiduría ancestral. A pedido de Samuel, pongo mi mano sobre el hormiguero y los pequeños insectos cubren mi mano de inmediato y sentí pequeños shocks –y nada más. Al retirarlos, un olor cítrico cubría mi mano. El truco funcionaba. “Tu olor se mimetizó con el de las hormigas”, resumió el guía.

 

La caminata sigue y vemos hongos que parecen bordados con encaje, lianas de distintos formatos y raíces rojas como sangre. Después de un buen rato llegamos a las Grutas do Madadá, unas cavernas formadas por rocas de arenisca donde la selva y las aguas se insinúan aquí y allí. Un escenario que, es fácil de imaginar, debe haber sido usado por tribus como refugio contra las lluvias torrenciales. El contador de pasos en el celular desconectado comprueba que llegamos a un lugar remoto: han sido 9.941 pasos, o 6,77 km recorridos. Es el único momento en que el teléfono tiene alguna utilidad, ya que internet no funciona durante las cuatro noches del viaje. Volvemos al barco tan extenuados como felices por la aventura vivida.

 

Las noches en el río son misteriosas. Cuando el barco Jacaré-Açu apaga los motores, el silencio se escucha como un ruido muy intenso. Demasiada quietud para un oído urbano. Para aliviar esa angustia citadina, emprendemos un safari nocturno, solo para observar. El cielo resplandece de estrellas que destellan en la humedad ecuatorial, pero lo que nosotros buscamos son las lucecitas que se ven a la orilla del río –los ojos de los animales de la fauna amazónica. Guardamos silencio en las lanchas mientras Samuel hace un sonido gutural y, de nuevo, la sabiduría ancestral hace lo suyo: ¡la respuesta se oye casi como un eco! Hay caimanes allí.

 

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Por la mañana, con cañas de pesca y anzuelos de carne fresca, el grupo sale a pescar pirañas, que serán nuestro almuerzo más tarde. La región de la Amazonía está formada por un mosaico de unidades de conservación. La liberación de la pesca en determinadas épocas y lugares depende del grado de protección que tiene cada sector. En otras áreas, los períodos de reproducción de determinadas especies también deben ser respetados. Son 11 los pescados capturados en poco más de media hora. Inconformes con su destino culinario, las pirañas salen del río mordiendo lo que se les aparezca por delante. Dedos, hojas, lo que sea. Algunos del equipo sienten algo de culpa y no son capaces de comérselas al almuerzo. Los demás se deleitan con la ración extra para ellos.

 

Baños en cascadas, zambullidas en el río, una pausa en una playa de arena blanca. Es increíble que, a pesar de la inmensidad del agua dulce, el lugar tiene pocos mosquitos –el Río Negro recibe muchos restos de hojas y troncos que, al descomponerse, liberan ácidos que le dan el color al agua y la hacen más ácida, transformándola en un repelente natural. Para cerrar un día perfecto, contemplamos en medio del río la puesta del sol más hermosa del mundo, con el dorado de las nubes reflejado en el espejo del agua y decenas de tonos verdes alrededor.

 

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El viaje ya casi termina cuando visitamos una comunidad y conocemos su estilo de vida basado en una economía de subsistencia gracias a la mandioca brava, legado indígena en Brasil. La manera de procesarla es, esencialmente, la misma que se ha esparcido fuera de la Amazonía: después de limpiarla, pelarla, triturarla, desintegrarla y purificarla, la yuca se usa como materia prima para excipiente de píldoras, en la fabricación de pegamentos y tintas, en las industrias textil, papelera, y petrolífera  y en envases biodegradables. También se emplea en el pan de queso, dulces, salchichas, mortadelas y chorizos –hay más de mil usos posibles.

 

Desde ahí partimos en busca de los delfines rosados, criaturas que aún inspiran temor entre pueblos originarios –se cuenta que se transforman en hombres que seducen a las niñas. Marilda Medeiros es quien nos presenta a estos animales que viven sueltos. Ella los conoce por su nombre: Moacir Junior, Curumin y Reginaldo, entre otros, todos encantadores  –tal como alerta la leyenda.

 

Tras cinco días , volvemos a Novo Airão. La vida urbana ya está al alcance de  la mano. Hay conexión a internet. Poco a poco, retomamos nuestra vida normal. Lo bueno es saber que el sueño aún está allá, casi intacto, como hace 500 años. Solo hay que ir.

 

Cómo ir

El barco de Katarre sale de Novo Airão en un itinerario de cuatro noches con paseos y comida incluidos.

 

El Grand Amazon, que parece un crucero tradicional, hace distintos recorridos por la región.

 

El hotel Mirante do Gavião, en Novo Airão, combina hospedaje con excursiones.

 

LATAM tiene vuelos a Manaus desde São Paulo, Rio de Janeiro, Miami y otras cuatro ciudades.

Agradecimientos: Expedição Katerre, Mirante do Gavião Amazon Lodge, Restaurante Caxiri Manaus.